Érase una vez un chico que nació con astas de alce. Un día, mientras caminaba tranquilo, niños que jugaban le arrojaron una prenda de vestir algo extraña, que quedó guindando en sus astas. Pero él, entre suspiros incesantes, siguió caminando. Algunas veces en vez de arrojarle cosas le hacían señas con las manos.Otro día estuvo sentado en la grama viendo una cometa volar; la cometa se mantenía estática, pero de pronto se desestabilizó y cayó en picada hacia las astas del chico. La joven que volaba la cometa se acercó rápidamente y ayudó al muchacho a desenredarse el nylon de la cabeza. Esta chica era bonita, esbelta, inteligente y, sobre todo, normal. Los dos se miraron como si fueran el uno para el otro, como si ese encuentro accidental fuera el comienzo de una serie de momentos perfectos, que los llevarían al enamoramiento, y demás cursilerías.
El chico de astas de alce acompañó luego a la joven a su casa; ella llevaba las manos en su bicicleta, y él, en sus bolsillos.
-Nos vemos –le dijo.
Ella caminó varios pasos adelante, volteó y sonrió, y él ondeó su mano sobre su cabeza despidiéndose. El padre de esta chica era callado, reacio, apático; siempre daba miradas furtivas al joven de astas de alce, miradas como de quien quiere cazar un animal, y era obvio por qué.
En uno de esos momentos de indecisión, en los que no se aceptaba a sí mismo, en los que no era feliz con su ser, el chico de las astas fue a un cobertizo y sacó de un montón de herramientas, unas pinzas, listo a sacarse su fea ornamenta. Pero ella llegó, y lo abrazó, y le dio a entender que no debía cambiar su apariencia para que lo aceptara, y él suspiró, entre triste y feliz. Luego pasaron el rato viendo el paisaje frío y lejano.
Los próximos días fueron de diversión, de risas, y de acercamiento. Fueron a los bolos algunas veces, y un día ella se emocionó tanto al tumbar todos los pinos de una vez, que le dio un beso en la mejilla al chico de las astas de alce. Él, por supuesto, sonreía atónito. Tal vez era su primer beso, tal vez era la primera persona con la que se sentía así. De vez en cuando iban a pasear, otras veces él enseñaba a la joven a bailar tap, y otras veces sólo no hacían nada.
Mira, tienes los cordones desatados –declaró él, y se agachó para atárselos. Cuando levantó la cabeza, una de sus astas levantó por accidente la falda de la joven. Ambos rieron ante el pequeño accidente, pero a su padre, que miraba desde la ventana, no le pareció tan gracioso.
Los enamorados empezaban a darse regalos; ella le dio un día una chaqueta nueva y él le agradeció con un beso. Era tanto el cariño que ya se tenían, que cometieron la osadía de pintar un corazón y un rostro femenino en una señal de tránsito que previene los accidentes por alces; lo que colmó la paciencia del padre de la chica.
Desde ese momento el viejo empezó a vigilar al joven, a seguirlo, a rastrearlo, a mirarlo por binoculares y, un día, se apareció detrás de él mientras caminaba, con ballesta en brazos y aires de decisión. El viejo apuntó a su presa. El chico de astas de alce, en su extrema humildad, sólo pudo señalar y dar un grito de alarma, pero muy tarde. Cuando el viejo se dio la vuelta, una camioneta familiar le impactó de lleno y le hizo caer con violencia; desbaratándose así su ballesta y saliéndosele uno de los zapatos. El chico de las astas se aproximó con compasión, y le observó rápidamente: tenía patas de venado. El viejo le regaló una mirada de arrepentimiento, y yendo en contra de las tragedias, no murió. Y todo lo contrario, se recuperó por completo, y terminó por aceptar la relación de su hija con el chico de las astas de alce, quien ahora podía visitarla con total libertad, y cuando llegaba, saludaba a su suegro con la más sincera sonrisa, y el suegro hacía lo mismo.











